“…Estábamos reunidos en la cafetería de la Facultad de Derecho de la Universidad de Salamanca, a mediados de 2007, un grupo de estudiantes del doctorado en Derecho Procesal, oyendo cómo Carmina nos contaba que nunca entendió el alboroto que en 1987 causó su nombramiento como primera catedrática de Derecho procesal en España…”
 
Enrique Letelier Loyola
Académico
Escuela de Derecho
Universidad de Valparaíso

 
Estábamos reunidos en la cafetería de la Facultad de Derecho de la Universidad de Salamanca, a mediados de 2007, un grupo de estudiantes del doctorado en Derecho Procesal, oyendo cómo Carmina nos contaba que nunca entendió el alboroto que en 1987 causó su nombramiento como primera catedrática de Derecho procesal en España; y tampoco lo entendía en ese entonces, cuando veinte años después le llamaban de la prensa para recordar la fecha. No hubo tiempo ni oportunidad para pensar en falsa modestia o esnobismo de su parte; para ella, la primera catedrática de Derecho Procesal de España, haber llegado al más alto cargo en la academia fue el resultado de una larga carrera universitaria y de un trabajo constante y fecundo, que siguió desarrollando con la misma pasión por varios años más.
 
El trabajo de la Catedrática de Salamanca, María del Carmen Calvo Sánchez, Carmina como le llamaban cariñosamente sus cercanos, fue abundante y profundo. A lo largo de su carrera académica investigó sobre varios temas y publicó una copiosa obra que, aunque algo dispersa, puede hallarse con facilidad. Es inevitable destacar su monografía La Revisión Civil (Madrid, Montecorvo, 1977), obra que continúa siendo consultada y citada por los estudiosos de las impugnaciones. En 1989, bajo su dirección se organizó en Zamora, su tierra natal, un congreso de Derecho Procesal, en el que se discutieron diversos temas del proceso penal y cuyas conclusiones tuvieron gran incidencia en las modificaciones que se introdujeron en la vieja Ley de Enjuiciamiento Criminal española.
 
Sus discípulos más antiguos cuentan que en el antiguo edificio de la Facultad de Derecho, sito en el corazón del centro histórico de la ciudad y construido en piedra de Villamayor, Carmina solía entrecerrar los postigos y cortinas de su despacho y así, en la penumbra, meditar sobre los temas que le interesaban. Fue tal vez en uno de esos momentos que comprendió la necesidad de investigar con seriedad sobre el atributo de la imparcialidad de los jueces, al que dedicó varios años de trabajo y centró en él diversas publicaciones. A los varios artículos publicados en revistas de la disciplina, Carmina legó a la comunidad jurídica otra monografía de alto nivel: Control de la Imparcialidad del Tribunal Constitucional (Barcelona, Atelier, 2009), obra cuya lectura, por la naturaleza de su objeto, amén del rigor y profundidad con que ha sido escrita, es muy interesante para los juristas de nuestro orbe.
 
Son varios los reconocimientos que Carmina recibió. A poco de jubilarse de la Universidad, jubilación por la que optó antes de tiempo, el área de Derecho Procesal de la Universidad de Salamanca organizó, en 2010, unas magníficas jornadas de Derecho Procesal en su homenaje, cuyas actas fueron publicadas tiempo después por la Revista Justicia de Barcelona. Pocos años más tarde un grupo de sus discípulos, compañeros de trabajo y amigos publicó un volumen de estudios con cuatro ejes temáticos que concentran la obra investigadora de Carmina: imparcialidad, prueba, juicio de faltas y cooperación judicial internacional, bajo el título de Derecho, Eficacia y Garantías en la Sociedad Global (Barcelona, Atelier, 2013). Y recientemente, en enero de 2017, Carmina fue condecorada con la Cruz de Honor de la Orden de San Raimundo de Peñafort, Patrón de los Juristas, alto reconocimiento que se otorga desde 1944 en España a quienes tienen méritos relevantes en el cultivo y aplicación del Derecho.
 
En fin, son muchos los méritos que podrían destacarse de la nutrida obra de Carmina, pero, aun cuando la conocí personalmente menos de lo que quisiera, sospecho que los honores y condecoraciones la tenían sin cuidado. Es posible que quienes la conocieron mejor que yo vean las cosas de manera distinta, pero creo que sus más grandes satisfacciones profesionales, que se reflejan en su legado, son tres: Carmina forjó la Escuela Salmantina de Derecho Procesal, reconocida en España y el resto del mundo, integrada por un grupo de académicos e investigadores que trabajan a diario inspirados por las enseñanzas de quien fuera su maestra. Carmina también fundó el grupo IUDICIUM, Grupo de Investigación de Excelencia reconocido por la Junta de Castilla y León y que desarrolla activamente investigación de alto nivel en las líneas de garantías constitucionales de la jurisdicción, reformas procesales y garantías procesales constitucionales, la eficacia en el proceso y cooperación procesal internacional. Pero se debe también a la catedrática de Salamanca el trabajo paciente y cariñoso de haber formado un grupo de discípulos que aprendieron de su maestra el trabajo respetuoso, serio y riguroso para formar, a vez, las nuevas generaciones de procesalistas que enriquecen la Escuela Salmantina de Derecho Procesal. Tal vez este sea el legado más precioso de Carmina.
 
En los últimos años la muerte ha llamado a grandes maestros de nuestra disciplina. Hace unos cinco años lamentábamos la partida de Manuel Serra Domínguez y de Víctor Fairén Guillén. Un año atrás, la muerte se llevó a dos figuras imprescindibles del procesalismo contemporáneo: Ada Pellegrini Grinover y José Carlos Barbosa Moreira. Este año, a comienzos de abril, se llevó la vida de la Catedática de Derecho Procesal de la Universidad de Salamanca, María del Carmen Calvo Sánchez, Carmina. Sirvan estas letras para honrar su memoria.