Por Raúl Tavolari, en El Mercurio Legal
 
Se ha publicado, recientemente, la segunda edición —actualizada— del libro del profesor de Derecho Procesal, Claudio Díaz Uribe, “Curso de Derecho Procesal Civil”.
 
El Derecho Procesal se puede enseñar, estudiar y comprender de diversas formas y desde perspectivas diferentes: no es fortuito que Calamandrei, por ejemplo, sostuviera que no es posible iniciar con utilidad el estudio descriptivo y exegético de un Código de Derecho Procesal sino partiendo de tres nociones fundamentales de orden sistemático, que no están definidas sino presupuestas por las leyes positivas: jurisdicción, acción y proceso.
 
Ni lo es, tampoco, que solamente en la tercera edición de sus Fundamentos, Couture incluyera el capítulo de la Jurisdicción.
 
Con todo, el tema de la explicación de este Derecho puede abarcarse desde un ámbito mayor. La cuestión apunta a determinar cómo debemos enseñar el Derecho en general, lo que, es sabido, constituye un clásico en el debate jurídico-académico con muy encontradas opiniones que invocan desde los orígenes de nuestro sistema jurídico, vale decir, desde quienes sostienen que nuestra cultura jurídica continental-europea no admite el enfoque pedagógico del common law, esto es, del sistema de casos, hasta quienes ponen el acento en la intensidad de la dedicación académica de nuestros profesores de derecho.
 
Como sea, habrá que coincidir en que, como acontece con toda exposición de temas, de lo que se trata es de explicar este Derecho con sencillez —que no con simplismo—, con claridad y, especialmente, de un modo que, por su forma, termine cautivando al auditor o al lector, para ganarse la atención debida.
 
El libro del profesor Díaz, lleva por discreto nombre, meramente, el de “Curso de Derecho Procesal Civil”: no persigue oficiarlas de manual ni menos aún de “Tratado”. La portada, entonces, nos adelanta que es una obra destinada a la enseñanza, a quienes “cursen”, esto es, a quienes busquen aprender lo que otro enseña y que, en este caso, es el Derecho Procesal Civil.
 
Para lograr su propósito Claudio Díaz abre su obra con una introducción definitoria y evolutiva de esta rama jurídica, comprendiendo sus relaciones con las otras, con las que habitualmente se vincula; pasa, brevemente, por dar atención a las fuentes de este derecho, para entrar, de lleno, en uno de los conceptos fundantes: la jurisdicción, lo que le permite incursionar en el sistema chileno de administración de justicia.
 
Luego se ocupa de proceso y acción, explicando el desarrollo del procedimiento con referencias a la excepción, al emplazamiento y, como consecuencia, a los actos procesales y a los principios formativos del procedimiento. No hay más que un breve paso para que la obra se ocupe de las partes, del mandato judicial, del emplazamiento y, en general, de todos los institutos reglados en el Libro Primero del Código de Procedimiento Civil.
 
A partir de lo anterior encontramos una novedosa aproximación a normas de dicho Código, en atractiva conjunción con las de Código Orgánico de Tribunales, de modo que frente a los ojos del lector aparecen los distintos tribunales de nuestro sistema, con sus procedimientos, reglas de competencia e inhabilidades de quienes los integran, tras haberse explicado, en sus diversas facetas, el arduo tema de la cosa juzgada, lo que permite que se concluya tratando de los sistemas alternativos de resolución de conflictos.
 
El mérito de la obra dista de limitarse a las explicaciones ordenadas y exhaustivas. Por el contrario, recordando una de las más preclaras enseñanzas de Couture —aquella que reconoce que el Derecho se aprende estudiando, pero se ejerce pensando—, Claudio Díaz propone al concluir en cada capítulo del libro un conjunto de interrogantes que plantea analizar en función de la jurisprudencia que acompaña en cada caso.
 
Es que el derecho —como se ha predicado desde el mundo anglosajón, aunque con ciertos niveles de exageración— es un mundo vivo y mutante: lo terminan gestando y definiendo sus operadores, jueces, abogados litigantes y, en menor medida, también los académicos. No se conoce realmente el Derecho, sino se le admira en su desarrollo y aplicación efectiva, básicamente, entonces, como se le invoca en las sentencias judiciales.
 
Revisada la obra, la invitación no puede ser más atractiva: con ella se concluye, fácilmente, que es efectivamente posible reorientar la enseñanza del derecho para la aproximación de estudiantes a quienes se exija una actividad positiva y real. El libro no sirve a la memorización y repetición vana de disposiciones y conceptos. Aspira a desafiar al alumno inquieto y pensante, para exhortarlo a mirar y entender el Derecho Procesal desde una de las tantas vitrinas desde las que se le puede contemplar y practicar.
 
Nuestros tiempos actuales —transparentes, informados y demandantes— imponen modalidades pedagógicas diversas. Los auditorios estudiantiles se tornan más y más exigentes: quizás, sin que correlativamente asuman mayores y mejores obligaciones y deberes, pero este, real y, por momentos, inquietante, es un tema diferente.
 
Lo evidente es que, cada vez, el alumno aspira a una lección más dinámica y atrayente, en cuya generación él tenga la posibilidad de intervenir preguntando, cuestionando y opinando. Este es el alumno de nuestros días y para él se ha escrito el libro que analizo.
 
Un par de décadas atrás, en su conocido “Tirocinio Procesal”, Francisco Ramos Méndez escribía que, desde un punto de vista general, seguramente el gran compromiso del procesalista de hoy en día es armonizar teoría y práctica. Las leyes procesales —afirmaba— tienen vocación operativa y no meramente estática, para luego incursionar directamente en el tema pedagógico reconociendo que “todavía parece imperar por antonomasia, como técnica de la enseñanza, la clase magistral, que no siempre sería merecedora de tal calificativo”, por lo que abogaba, entre otras vías, por el estudio de casos reales, forma efectiva de comprobar la concordancia de lo que se enseña con lo que ocurre en el mundo real de los tribunales.
 
Este mismo ejercicio, empero, le lleva a sostener, críticamente, que a nivel docente es exigible un equilibrio y una ecuanimidad sobre la realidad de la administración de justicia, que no siempre es fácil de conseguir.
 
La invitación queda extendida: con la reedición de este libro del profesor Díaz se nos entrega una valiosa herramienta para comprobar que el Derecho Procesal es mucho más que un conjunto de reglas que consignan trámites, plazos y exigencias. En él encuentran sustento y cabida las formas procesales que, como enseñaba Calamandrei, constituyen una preciosa garantía para nuestra libertad y derechos.
 
Fuente: El Mercurio Legal